La

ciudad

del viento

El viento sopla con fuerza y se lleva a Carla, una vez más, a la otra punta de la ciudad. Justo había salido de la biblioteca, dónde a diario cogía un libro de una estantería al azar y pasaba dos horas subiendo y bajando escaleras. Esta vez, el viento la deja en un parque. Un anciano acaba de cortar el césped con ilusión, el viento no tardará en llevárselo. En esta ciudad todo funciona gracias a las ilusiones. Son las ilusiones de su gente lo que mantiene con energía la ciudad. Y es el viento, la ley suprema, el todopoderoso, que tiene la capacidad de premiar la ilusión, haciendo que se cumpla todo aquello que realmente ansiamos.

 

Carla es joven. Ha vivido poco, pero ha leído mucho. Sabe que existe algo llamado amor, que el aeropuerto sirve para viajar a otras ciudades, que los pájaros son los únicos que pueden ir contra el viento, que en otros lugares existen autobuses, porque la gente va cada día a la misma hora, al mismo sitio. Carla mira atentamente hacia las flores, que se dejan mover por el viento, se dejan acariciar, y a veces, cuando es primavera, dejan que una parte de ellas se vaya con el viento.

 

Carla vuelve a mirar a su alrededor. El anciano ya no está. Probablemente el viento haya decidido que era hora de lanzarlo al mar, para que fluyera durante todo lo que queda de eternidad, con las corrientes marinas, con las mareas. Carla no sabe qué hace en el parque. Hoy se siente perdida porque no tenía ninguna ilusión fuerte, y menos que pudiese apaciguar en un parque. Se teme lo peor. Desea con todas sus fuerzas que ese parque no sea una de esas fundaciones sociales que ayudan a recuperar las ilusiones. Desea que no sea así, porque ella es joven, y no quiere perder la ilusión. El miedo desaparece cuando ve correr hacia ella un perro. Probablemente el viento haya descubierto la ilusión más grande de Carla, tan grande que ni ella lo sabía. El perro salta encima de Carla manchándole el vestido más ligero de su armario. Ahora tendrá que buscar otro para que el viento la siga transportando a otros lugares, a otras ilusiones. Se limpia el vestido con las manos, cuando una voz la interrumpe:

 

- Disculpa, es demasiado cariñoso.

 

Carla levanta la vista, y lo ve. Las miradas se quedan fijas, quietas, muy quietas, totalmente inmóviles. El uno y el otro. Cuatro pupilas que navegan entre ellas. Y entonces Carla se da cuenta de que el viento le ha regalado lo más grande que le podía regalar.