El telefonista del azar

Descolgó el teléfono y marcó un número al azar.

 

Tres pitidos más tarde:

-  ¿Diga?

-  Hola. No nos conocemos pero, ¿le apetece charlar?

-  Ja ja, ¿quién es?

-  Me llamo Pedro y hoy me he despertado pensando que hay un dolor más grande que el perder a alguien para siempre.

-  Esto es extraño, pero, siga. ¿Cuál? ¿Qué dolor?

-  Saber que has perdido a alguien y que puedes recuperarlo. Creo que esa pérdida es más dolorosa, porque no puedes asumir que se ha ido de tu vida para siempre. Si no que, de forma inconsciente, o tal vez demasiado consciente, hay una parte de ti que sigue esperanzado en que las cosas vuelvan a ser como antes. Porque está ahí esa posibilidad. Porque no se ha ido del mundo, solo de ti.

-  Pero, al final, si alguien ha desaparecido de tu vida también lo hace en parte del mundo, de tu propio mundo. ¿Me equivoco?

-  No, no. No se equivoca. Claro, en la teoría debería ser así. Pero, mire todas esas familias que han perdido a alguien, que ha desaparecido y no saben nada de él.  Aunque luego les digan que ya no está, siguen pensando en recuperarlos. En volver a la normalidad.

-  Pero, es que cuando la vida avanza no se puede volver a la normalidad. Porque todo forma parte de nuestra propia normalidad. Las cosas cambian y se convierten en una nueva normalidad. Y deberíamos acostumbrarnos a ella, sea quien sea que esté en esa nueva rutina.

-  Entonces, ¿no cree que es un dolor insoportable e incurable?

 

-  La única forma de curar el dolor del cambio de las cosas, es aceptar que después de una pérdida viene un nuevo capítulo. Solo se trata de volver a llenar con otra bebida el vaso acostumbrado al agua.

 

-  Aham. Entiendo.

 

-  ¿Puedo preguntarle cual ha sido esa pérdida tan grande?

 

-  No encuentro los calcetines de color rojo. Sabe. Les tenía especial cariño. ¡Muchas gracias por la conversación! Ha sido un placer.

 

Pip, pip, pip.