La noche que Bea operó un delfín a corazón abierto.

Un día no cualquiera, ya que era luna llena, de Julio, estaba soñando con un lugar absolutamente desconocido para mí. Era como un edificio de pisos de los que salen en las películas de terror. No sé si realmente los lugares así salen en esas pelis, pero la verdad es que daba miedo. Era un edificio como al revés, en vez de ir hacia arriba, era hacia abajo. Los pisos empezaban en el sótano y estaban construidos en la profundidad. ¿Como si fuera una forma de adentrarse en mi inconsciente?

 

En en mi sueño había mucha agua. Era la víspera de que mis amigas volviesen a hacer el viaje anual de amigas, al que esta vez, yo no podía ir. Viajaban a una de mis islas favoritas y yo me moriría de envidia mientras me moriría de trabajo. Como decía, en mi sueño había mucha agua. Las paredes estaban húmedas y sudorosas, los muebles de todo el sótano 1º eran de aluminio, o acero inoxidable. Se escuchaban gotas caer encima de los muebles en un constante tic, tic, tic que también sonaba a eco. ¿Sabes cuando sabes que estás soñando y aún así sientes una presión en todo el cuerpo? Se llama ansiedad soñadora y me acabo de inventar el nombre. Ya no recuerdo con exactitud, como normalmente ocurre en los sueños, qué estaba haciendo allí, en ese edificio al revés que parecía una clínica de cosas malas, cuando entraron en escena mis amigas. Es muy habitual soñar con los últimos pensamientos que has tenido antes de acostarte, y seguramente, aquel día yo les deseé buen viaje en uno de esos mensajes que dejas enviados para el día siguiente. En un momento dado, Bea me miró y me dijo “hay que hacerlo rápido, no nos queda hielo y hay que cambiarle el corazón”. Belén fue corriendo y me dio dos bolsas de cubitos a medio acabar y a punto de deshacerse, un helado Ben&Jerrys y un par de latas de Mahou Tostada 0,0 congeladas, supongo. Qué rabia cuando en los sueños no puedes moverte, actuar. ¿Debe ser el inconsciente dándose cuenta de su consciente? En ese momento entraban Yáiza y Carla con un delfín en brazos, muy suave y muy azul, como los que aparecen en los dibujos animados, o en los cómics. Estaba claro que Bea y Belén sabían qué hacía ese delfín con nosotras y por qué había que operarle el corazón, pero yo, que inconscientemente consciente no lo sabía, tampoco pregunté. Lo pusieron encima de una mesa camilla de acero inoxidable (o aluminio) y mientras tanto yo puse todo aquello que me había dado Belén en una nevera similar a la de las habitaciones de hotel, pero extremadamente maloliente, en la que había otro corazón. No miré a los ojos al delfín. Tampoco lo toqué. Pero observé como Bea se ponía unos guantes blancos de látex y alzaba el bisturí sonriéndome, como si fuera parte de un juego de cuando éramos niñas. Estaba a punto de abrirle el costado al delfín cuando un ruido extremadamente fuerte me despertó.

 

Ay Dios mío. Ay Dios mío. ¿Por qué nos quejamos siempre así? Como si Dios pudiese escuchar realmente nuestras quejas, como si también tuviese sentido que las escuchara. O quizá es Dios el culpable de todas esas cosas que nos pasan y que ojalá que no. Ay Dios mío, ay Dios mío. Era la voz de mi abuela. Entraba en mi cabeza como si formara parte de un nuevo sueño. Escuchaba como seguía suplicando “Ay Dios mío, ay Dios mío”. ¿Es nuestro, nuestro Dios? Percibía como su dolor iba aumentando al otro lado de la pared, mientras yo seguía inmóvil entre cojines, protegiéndome de las suplicas a un Dios que tampoco me pertenecía a mí. Pensé que no había sido un golpe, y aún entre el sueño del delfín y la conversación que empezaba en la otra punta del pasillo, intenté convencerme de que lo que dolía a las 5 de la mañana era la pérdida aún reciente de mi abuelo. Algo es reciente cuando todavía no ha llegado su primer aniversario. Me mantenía quieta, analizando una situación a oscuras y sabiendo que estaba cometiendo un delito penado por ley. “Levántate hostia, ¿quieres encender la luz? Ya te vale”. Y vuelta al “ay Dios mío, ay Dios mío, no puedo.” Cuando no ves, puedes inventar y yo seguía insistiendo en el dolor de la pérdida. “Tu madre se ha caído”, “te has meado encima”, “venga a la ducha”, “deberíamos ir al hospital”, “está saliéndote un moretón”, “te voy a tener que atar toda la noche a la cama”, “ayúdame a levantarla”. Empecé a tener un hambre que venía del miedo a que mi vida pasase demasiado rápido y aparecer en ese punto vital en el que ya no sabes quién eres, en el que ya nada tiene sentido y te resignas a dejar pasar las horas, supongo que sin pensar demasiado, hasta el día que alguien viene a buscarte. Mientras sonaba el agua de la ducha, pasos, resoplidos y seguía el “ay Dios mío” en bucle, pensé que en realidad, podía no ser tampoco una simple espera. Quizá lo que yo percibía como la resignación absoluta ante la vida, seguía siendo esa lucha por la supervivencia, por encontrar un sentido a lo de seguir respirando o abriendo los ojos cada día. Un cajón se abrió, un cajón se cerró, puertas correderas, un sutil portazo. Mi perro se subió a mi cama, ocupándola entera y ambos escuchamos como la puerta del garaje se abría, empezaba el ruido de motor y desaparecía a lo lejos.

 

 

Tampoco se hizo el silencio. Si mis pensamientos incesantes no me dejaban volver a dormirme, el sentimiento de culpa y el buscar, como siempre, una justificación para apaciguar esa culpa no eran suficiente, empecé a escuchar todo lo que resonaba fuera.

 

Era Julio. Y en verano me gusta dormir con la persiana subida y la ventana abierta. Para que entre el aire, sí, pero sobretodo porque me gusta ver el cielo desde la cama. Hay una sensación de desprotección y peligro que me atrae. Supongo que por eso acabo teniendo pesadillas.

 

 

Volví a mirar la hora: 5.46 de la mañana. En algún punto del pueblo, una manada gigante de perros atados a algún lugar o encerrados en un corral ladraban sin parar. “Grrrrcuuuuuccuuuuuuukoaaaaaaaaa” ¿Eso es una gallina? Iban mezclándose todos los sonidos. Y también la camada de gatitos de la casa de al lado. Toda mi cabeza era un gran Arca de Noé y ya nada parecía real siendo todo tan de verdad.

 

“No ha quedao Larios”. Un grupo de adolescentes parecía haber acabado su fiesta en el polideportivo.  “Pos si yo solo me bebío dos”. Acercando su conversación a mi ventana, abierta hacia la calle. “Madre mía menuda chispa llevas” Parecía alejarse, como se alejaban mis recuerdos de aquella época en la que yo también acababa del revés por el placer de acabar del revés. “Venga, mañana nos vemos en la piscina”. Y deseaba tener resaca por sentirme mayor de lo que era.

 

Parecía que las voces se diluían alejándose, pero en realidad volvían a empezar, haciendo que mi ventana les acompañase todo el camino de vuelta a casa. O quizá volvía a ser solo mi cabeza.

 

La respiración de mi perro. El clin clin de mi cama cada vez que ponía mi fe en una postura nueva. El móvil contra la mesita. Las 6.15 y el despertador a las 7.15.

 

El sol empezó a salir amaneciendo todos los rincones del pueblo, de mi habitación, de mi propio cuerpo. Y yo ya sabía que ya no podría dormir, que la rueda volvía a girar otra vez.

 

¿Es cada amanecer una operación a corazón abierto?